Todos los años la misma historia, que se repite una y otra vez, en épocas como ésta, a lo largo del año. Y Las cosas nunca cambian, las personas siempre son las mismas, las consecuencias lastiman y la historia vuelve a ser otra vez conocida... Con más o menos protagonistas, con más o menos culpables, con más o menos cómplices, con más o menos víctimas, pero siempre lo mismo... Y ya cansa... Cansa que todo empiece de la misma manera, cansa escuchar las mismas quejas, cansa escuchar los propios gritos del silencio, cansa ver renacer el pasado para que luego termine muriendo, en forma de lágrimas, entre unos labios... Duele ver esas caras de odio, duele escuchar esas palabras de bronca y duele sentir que uno sangra por dentro. Cómo lastima el saber de que uno es parte de ese juego, en el que varias personas “juegan a hacerse daño.” Sin embargo conozco las reglas de ese juego, soy un jugador más en esa guerra cuyo campo de batalla es una simple mesa, con las fichas en mano y con un dado por tirar... Sólo se trata de saber golpear a la otra persona en el ángulo que más le duela, pero conociendo previamente su punto débil. El secreto está en avanzar, sin importar las consecuencias, sin agachar la cabeza y sin ceder el turno al que se encuentra a la derecha. El lema es algo parecido como: “El más fuerte gana” y ahí termina todo... o casi. Entonces un golpe, una victoria, un triunfo interior y una satisfacción... Entonces una lágrima, el sentimiento de angustia, la bronca, el malestar interior y el arrepentimiento quizás... Todo eso sucede cuando alguien olvida respetar las reglas para dominar el campo de batalla, dejando luego cuerpos heridos y sangrando por dentro. Alguien rompe las normas impuestas, sale a escena, estrena su obra y cierra el telón, como si nada hubiera pasado, para volverlo a abrir en otra época parecida del año... Y pasan los días y parece haber un cartel anunciando al público el próximo estreno, que en realidad ya se conoce. Conozco el principio de esta obra, conozco la raíz de esta herida que nunca cicatriza, conozco el libreto de memoria que suelen recitar los viejos protagonistas, así como también conozco el final que nunca está escrito... Pero no hay otra manera, es cuestión de acostumbrarse, ya que el espectáculo no suele durar más que una hora y hay lugar para los aplausos. Después, muchos suelen salir a firmar autógrafos a la gente que los ve pasar o que simplemente los reconoce y siempre ellos están ahí, respondiendo con una sonrisa. De eso se trata el juego: de quitarse la oscura máscara que los cubre al subir al escenario y de volvérselas a colocar al volver a bajar... Así siempre la misma historia, con los mismos actores y un público fiel y el mismo guión que se repite una y otra vez, cada vez que nos vemos en estas épocas tan especiales del año, mientras otras personas suelen aprovechar mejor el tiempo reuniéndose para disfrutar de un hermoso día de sol... Pero este juego, a pesar de que no quiera participar, que me lastima y que me llena de vergüenza es parte de mí y en cierta forma me pertenece: es mi familia, la que me tocó y que no pude elegir, se las presento...