Si hoy me dijesen que me queda un mes viviendo esta vida que apenas me atrevo a llamarla de algún modo así, hasta el pobre sería más pobre sabiendo que no habrá testamento alguno que le devuelva la sonrisa de un tiempo perdido... Sin embargo, hoy no quiero morirme entre la suave brisa de la madrugada y la vela que se apaga, sabiendo que nadie me hará un homenaje, mientras la ausencia se hace espera y muere un segundo más...

Dime entonces por qué mueren las flores, dime por qué se esconde por el oeste el sol, por qué se seca la tierra y por qué el cielo se nubló... Dime por qué hace frío en invierno, dime por qué la lluvia cae en forma de lágrimas, por qué febrero tiene veintiocho días y por qué son siete noches a la semana... Dime por qué las estrellas brillan, dime por qué en la primavera nacen las flores, por qué los perros ladran y por qué son veinticuatro las largas horas...
Te busco y no estás... Detrás del beso del mezquino, en la sombra de un nene hamacándose en alguna plaza, entre las cartas amarillas de un viejo correo, en la cerradura de un palacio, en el óleo de un cuadro, en la huella de unas lágrimas y entre las cenizas arrojadas a un río... Te busco y no estás... Y como la hoja caída no vuelve a nacer, tampoco el ciego no puede volver a ver y así como el año tiene trescientos sesenta y cinco días, hoy juego a las escondidas con el tiempo...

Dale mis manos a aquel que no pueda escribir un te amo para su esposa, dale mis pies a aquella persona cansada de tropezar, dale mis piernas a la niña bailarina que una vez soñé con ser y dale mi panza a aquel bebé que no tiene con qué comer. Dale mis órganos a aquel que le esté faltando vida, dale mis brazos a la persona que quiera llegar a la cima, dale mi cuello al que quiera mirar más arriba y dale mis cabellos al hombre que adore peinarlos. Dale mis ojos al que no haya aprendido a ver la realidad, dale mis oídos al niño que jamás escuchó una canción de cuna, dale mi nariz a aquella mujer que todavía se enamore con una flor de jardín y dale mi piel a aquel que esté triste en una noche de invierno... Entrégame entera, en cuerpo y alma, y quédate con mis labios por si un beso se te escapa...

Quédate con las horas frías sin calefacción, quédate con el recuerdo envuelto en un cajón, quédate con la nota de aquella canción y quédate con la luna que del cielo bajó... Quédate con los segundos masticados, quédate con la sangre derramada, quédate con la sed de un pasado y quédate con esta angustia de mis entrañas... Porque cuando muera, habrá una lápida que estaré mirando desde abajo, y arriba el cielo, y abajo suelo, y arriba tú y mi último deseo: no haber muerto en vano...